

Los viticultores de Irouléguy tienen en común un defecto que se convierte en una cualidad: la cabezonería.
Realmente, ha hecho falta tenacidad y también pasión y coraje para dominar las abruptas pendientes de Arradoy y de Jara, y para conferir a este pequeño viñedo de montaña carta de nobleza.
Plantadas en el siglo XIV por los monjes de la abadía de Roncevaux, las viñas de Baja Navarra representan un cultivo importante en la región hasta 1906.
El viñedo se extiende entonces sobre 470 hectáreas. Después de estos años de pujanza, Irouléguy entra en un período de declive, iniciado por una sucesión de cosechas catastróficas y continuado por la crisis de la filoxera.
Gracias al impulso de un puñado de obstinados viticultores, el viñedo salió lentamente de la sombra, primero con la creación del sindicato para la defensa de los vinos de Irouléguy (en 1945), luego con la creación de una bodega cooperativa (1952) y finalmente con la obtención de la denominación de origen (1970).